Chubascos

•enero 27, 2012 • Dejar un comentario

hoy es día de chubascos
déjame estar triste
no me animes hoy, no amigo
déjame descender a los abismos
sublimes del dolor

déjame morir con ella
déjame llorarla
déjame vaciar mis ojos
deja que la lluvia caiga
señora del la nostalgia

El fin

•diciembre 23, 2011 • Dejar un comentario

Mi cuento participante en el concurso de cuento corto de 89decibeles. Se pueden leer los demás cuentos aquí.

El fin.

El frio, la lluvia y el calor se turnaban desde hacía meses y ahora tocaba lluvia, torrencial porque ya no había de otro tipo. Ahí estábamos, mi hijo sosteniendo la cerca mientras yo trataba de meterme a ordeñar la última vaca de muchos kilómetros alrededor, 20 años después de qué le había oído decir a mi papá que si no había qué comer en casa, a nadie se le podía condenar por ir a pegarle un balazo al vecino para robar comida . Hace 20 años aquello sonaba a broma, y ahora me sonaba a un perdón anticipado.

Siempre sospeché que existía cierta complicidad entre el viejo y sus ladrones porque incluso cuando estuve seguro que nos iba a agarrar con las manos en la masa lográbamos escabullirnos, y con nuestra preciosa carga vivir unos días más.

Sentados entre los escombros del muro no reparábamos en los gusanos de las guayabas. Luego salimos de nuevo a sentarnos entre los pocos mosaicos que quedaban buenos en el corredor. El chiquillo tragó la leche del tarro costroso en menos de un segundo. Más tarde nos acomodamos a esperar que pasara el día como hacíamos siempre desde que las carreteras estaban inutilizadas y las industrias cerradas.

Yo todavía tenía guardada mi liquidación de cuando la empresa cerró. Fuimos de los primeros en cerrar y en cuestión de meses hasta el dinero dejó de servir para nada porque solo quedaron un par de supermercados funcionando y vendieron tan cara la comida que solo los ricos pudieron abastecerse. Hasta que la seguridad no fue suficiente para contener los saqueos. Y los que se hicieron multimillonarios mercadeando con el hambre de la gente solo se quedaron con un montón de billetes en un país donde ya no se podía comprar nada con papel.

Luego los árboles frutales, los animales y cualquier fuente de energía se volvieron los verdaderos tesoros, resguardados celosamente. Al inicio, en algunos lugares había electricidad. Pero ya no había estaciones de televisión y solo un canal de radio que repetía de vez en cuando alguna noticia o chisme traídos desde algún país vecino.

Fue como si el mundo estuviera desquitándose, como si después de tolerarnos por tanto tiempo, algo que hicimos finalmente terminó de hartarlo. Y ahí comenzó, tsunamis, terremotos, casi estratégicos, casi planeados. Las principales ciudades se convirtieron en centros de refugiados. Los países pequeños, algunos más otros menos dañados, entraron rápidamente en crisis cuando ya no se podía pedir casi nada a las grandes potencias, principalmente petróleo. Cuando creíamos que nos habíamos escabullido la madre naturaleza la tomó con nosotros, y comenzaron las lluvias. Y sin dinero, las carreteras simplemente colapsaron, al punto que el transporte automotor se volvió un lujo.

Luego, las noticias empezaron a escasear, y con un país casi desconectado del mundo y sin más comunicaciones que caballos y carretas, otrora adornos, para cuando los terremotos, lluvias y desastres se calmaron suficiente para pensar, nos dimos cuenta que habíamos retrocedido un siglo, en cuestión de meses. Y todos asumimos que el resto del mundo ya no existía. Los pueblos en realidad habían tomado la mejor parte, mientras las áreas urbanas estaban decoradas de escombros. Y debajo de los escombros muy pocos se animaban a escudriñar suponiendo los siniestros hallazgos que cubrían.

Ya no quedaban muchos vecinos, y los que quedaban no hablaban mucho. La gente de las montañas viajaba a la costa buscando alejarse de los aludes, y los de la costa a las montañas huyendo de las inundaciones y de las olas gigantescas que arrasaban un pueblo. El único lugar donde nadie iba por miedo a quedar debajo de un edificio era a la ciudad. Los citadinos que quedaban tan orgullosos de su concreto pronto se vieron obligados a emigrar.

Yo estaba ya medio somnoliento cuando me despertó el niño que se levantó de pronto, y apenas alcanzó a voltear la cara cuando violentamente vomitó las guayabas y la leche. Yo me volteé asustado y apenas pude agarrarlo al momento que se desplomaba. Estaba ardiendo en fiebre y temblaba. Con una cara más de otro mundo que de este. Me tomó menos de un segundo recrear en mi mente la imagen de su mamá agonizando en un ataque de dengue o quien sabe cuál enfermedad de tantas que se iban esparciendo, favorecidas por la falta de servicios y agua potable.

Aterrado, lo acosté en la choza y corrí a buscar al aprendiz de enfermero que había llegado hacia unos meses desde el puerto. Vivía como a diez kilómetros que a mí me parecían cien. Es increíble lo largas que se hacen las distancias cuando se recorren a pie. Sin aliento, entré gritando y le expliqué lo que pasaba. Me recibió con cara de asustado, como recibía todo mundo a las visitas porque nos habíamos vuelto muy desconfiados.

El joven, casi niño de no más de 19 años, flaco y de cara amistosa vivía con su novia en una casa que habían ocupado al llegar. Probablemente no tenía más que unos meses de entrenamiento y solo cargaba un maletincillo con unas bolsas de suero, vitaminas y gasas que yo le había visto sacar para curar a la vaca de don Memo. La novia dormía en una colchoneta en el fondo. Cuando no hay medicinas ni comida, un aprendiz de enfermero se convierte en un doctor reconocido, una colchoneta un hotel de cinco estrellas y una vaca lechera es un paciente tan de primera clase como el presidente de la república.

La lluvia que se había detenido por un buen rato regresó y mis pies casi descalzos cubiertos por un par de zapatos tan llenos de huecos que apenas lograban proteger las plantas de mis pies se rehusaban a caminar de vuelta.

Como el dinero no servía para nada, tuve que ofrecerle darle mi abrigo y unas guayabas. A sabiendas que me iban a hacer mucha falta. Le rogué que nos apuráramos pero era yo el que ya no podía seguirle el paso a mitad de camino.

Ya había pasado mucho tiempo, y yo sabía que mi hijo no estaba bien. Cuando llegamos, estaba completamente pálido, bañado en sudor. El “doctor” no me dio una mirada de mucha confianza, no sé si porque no tenía idea de qué le pasaba o porque era algo muy malo. El caso es que me pidió algo de agua y cobijas. Yo me apuré a la acequia vecina, llené una olla vieja y le alcance todas las cobijas que teníamos. Luego a miles penas encendimos un fuego en el centro del precario refugio. El muchacho lo acurrucó y le preparó el suero, que era realmente lo único que tenía a la mano.

Luego vino el terremoto, uno como no lo había sentido en semanas. La casucha se tambaleó y pudimos ver de primera mano cómo lo que quedaba del muro del frente se derrumbaba y una grieta cruzaba el patio de lado a lado. Yo como podía cubría al enfermo, y sostenía una viga del techo que se mecía peligrosamente.

Sin darme cuenta cuando, el doctor había salido y corría despavorido hacia su casa gritando espantosamente. El chiquillo, entre delirante y asustado, se estremecía entre mis brazos. El movimiento no se detenía, era más largo que los anteriores y pensé que finalmente el mundo estaba por abrirse como una cascara de huevo. La vaca de don memo mugía sin cesar hasta que lanzó un mugido terrible y final. Yo agarré a mi hijo lo más fuerte que pude, cerré los ojos y esperé el final. Casi lo deseé. Y luego lo supliqué a todo lo que daba mi voz.

Pero se detuvo, y no solo el terremoto, sino la lluvia. A lo lejos en el potrero don Memo lloraba la suerte de la pobre vaca que había quedado sepultada por un paredón.

Y no tembló ni llovió torrencialmente de nuevo. En unos meses llegaron noticias de que la reconstrucción había empezado, y llegaron doctores, primero cada mes, luego todas las semanas. Cuando volvió el petróleo, volvieron los carros, pronto volvió la electricidad y las noticias llevaban dolor y esperanza casi sancochados en una misma olla de propaganda.

Yo que había suplicado que se terminara, no tenía razón para celebrar. Un minuto antes de que todo acabara, de entre mis dedos se escurrió en un pujido la vida del último ser humano por el que hubiera querido que no se acabara el mundo. Casi como si alguno de tantos dioses que poco a poco retomaban fama, se hubiera complacido en tomar a mi niño como sacrificio. A pesar de que, de haberme preguntado, habría aceptado gustoso que a cambio de él, nos fuéramos todos al infierno.

E.C.C

Venganza

•octubre 7, 2011 • Dejar un comentario

Un cuento que escribí hace meses para el concurso de cuento corto de 89decibeles (con un honroso segundo lugar).

 

No pudo el viejo soportar la idea de su hijo convertido en un vago, era ridículo, un hijo suyo. Tanto dinero desperdiciado, tanto por hablar de la gente de sociedad. Era incapaz de verlo a la cara, mucho menos de dirigirle la palabra.
Eduardo había iniciado la carrera de ingeniería en una prestigiosa escuela extranjera, y su padre, otrora acaudalado y ahora apenas capaz de mantener la apariencia, por supuesto había financiado la mencionada aventura. Y ahora tocaba recibir al chico bajando del avión diciéndole que había decidido abandonar, y que quizás se uniría a una compañía de teatro.
El padre nunca se lo perdonó.
Él decidió dejar la casa de sus padres. Era imposible vivir entre tantos reclamos que aunque silenciosos y educados, no eran menos insoportables y punzantes. Partía hacia quien sabe donde con los ahorros de su madre en la bolsa quien lo despidió entre sollozos y caricias. El viejo y su sonrisa odiosa se volvieron al interior de la casa.
Eduardo vagabundeó de aquí para allá durante varios meses, saltando de apartamentos rentados a los sofás camas de sus pocos viejos amigos y sus aún menos nuevos amigos. Al parecer, en sociedad la rebelión y desenfreno son bien aceptados solo durante un tiempo y luego se vuelve al regazo acogedor del dinero para retomar el “estatus” social. Pero él no estaba dispuesto a volver, bajo ninguna circunstancia.
Poco tardó en darse cuenta de lo difícil que sería vivir solo, sin la alcahuetería de su madre y el subsidio económico de su padre. Y el sufrimiento de bolsillos vacíos y trabajos mediocres se extendió mas de lo esperado. Muchas veces estuvo a punto de volver. Pero resistió.

Al cumplir solo 12 años el pequeño Eduardo tenía más que planeada su escuela y colegio completos. Pasó los mejores años de su infancia bajo la rigurosa mirada de un tipo que bien hubiera hecho de militar, su padre. Y de una mujer cuyo concepto de maternidad era una bolsa de juguetes cada festividad cuidadosamente seleccionados por la gente de servicio de la casa.
La dura educación impartida por un grupo de religiosos abusivos, golpeadores e inflexibles con cualquier manifestación que dejara entrever un signo de individualidad terminó de curtir el resentimiento que albergó en su corazón durante los larguísimos años de infancia.
Cumplida la mayoría de edad estaba todo listo. Se había despegado del lado paterno, había causado una gran vergüenza a su familia, viviría por su cuenta y eso según él era la venganza perfecta. Pensando en esa venganza se complacía y gastaba horas imaginando la indignación de su padre.
Una carta tras otra de su madre le suplicaron regresar, pero no hubo respuesta. Sabía que el viejo era capaz de usar a su madre para hacer el trabajo sucio e intentar convencerlo de regresar. Pero no cedería, se sentía miserable del estilo de vida que llevaba, y que una vez despreció. Extrañaba la buena comida, la ropa y la compañía. Inclusive sentía que la pobreza le restaba atractivo físico. Estaba solo y miserable y solo lo consolaba ahora la imagen que había creado del padre más miserable y con un alma aún más podrida que la suya. Ahogado en odio.

Una tarde muy gris tocó a la puerta una viejita con la cabeza envuelta en un paño. Él le permitió pasar ante la petición de la anciana y el extraño sentimiento que le despertaba. Le avergonzó no notarla al instante: la anciana era su madre. Que en unos meses había ganado unos 20 años.
Se saludaron rápida e incómodamente como si se vieran todos los días. Ella lloró, el ya no podía.
__Su papá murió. – dijo la madre.
__¿Cuando?.- preguntó Eduardo, entre asustado y sorprendido.
__La semana pasada, no pudo recuperarse del tumor. Yo sé que se llevaban mal, pero, ¿Porque no respondió hijo? ¿Para tanto daba su rencor?
__ ¿Que tengo que ver yo en eso? Yo no lo maté mamá.
__Ahora entiendo ¿Usted no leyó las cartas? Él necesitaba un trasplante, y el único pariente disponible era usted hijo.

Eduardo lo lamentó por un segundo, pero fue el dolor natural de ser humano, la culpa. Sollozó un poco no como hijo sino casi por una cortesía social.
__Me voy, él le dejó esta nota. Adiós hijo. Espero que esta vida que escogió para castigar a su papá y a mí no lo castigue a usted. Léala cuando me halla ido.
Eduardo abrió la carta apenas hubo despedido a su madre en la puerta.
__“Hijo, lo quiero a pesar de todo, me di cuenta poco después de que se fue pero aquí tirado en esta cama no se lo pude decir. No tuve el valor además. Perdóneme por la vida que le dimos. No se sienta mal por no venir, yo lo perdono.”

En ese momento Eduardo estallo en llanto, esta vez un llanto profundo, sincero, salido del alma. Nunca creyó poder odiar a alguien tanto como odió a su padre en aquel momento. ¡Cómo se atrevía a pedirle perdón!¡Cómo se atrevía a a perdonarlo!

Ahora si no le quedaba nada, le habían robado su venganza.

Pajarillo

•agosto 25, 2011 • Dejar un comentario

Multicolor pajarillo,
que acurrucado en el nido sueña con vuelos supremos.
Pero al abrir los ojos aún es un polluelo.

Es un péndulo al borde del abismo,
pero lo empuja el instinto.
Siglos de pajarillos que saltaron al vacío.

Y salta bravío, saludando al cielo.
Y al volver al nido ya no teme nada,
solo añora el vuelo.

Un pequeño verano

•agosto 4, 2011 • Dejar un comentario

Parece poca cosa,
un pequeño beso,
una pequeña sonrisa,
un pequeño recuerdo.

Parece poca cosa,
un pequeño verano,
una pequeña golondrina,
el final de un invierno.

Parece poca cosa,
que las palabritas que ayer
no pasaban de panfletos
hoy me suenen a verso.

Que los pájaros han vuelto
buscando el calor en mi pecho.
Parece nada amor,
pero es inmenso.

Hojarasca

•julio 22, 2011 • 1 comentario

De esta hojarasca
no se salva nadie.
Del remolino indomable
de las mariposas color sol,
No hay quien escape.

De la pendiente sin freno
de los besos en el cuello,
De los suspiros con dueño
que terminan en recuerdo,
No hay quien escape.

De los calores infernales
en invierno.
De los abrazos eternos,
que no alcanzan.
No hay quien se salve.

La felicidad

•julio 4, 2011 • 1 comentario

Hoy su boca se abre, sonríe.

La mía,  traidora,  cual espejo, le sigue.

Ya no soy quien fui, ni quiero.

No se estar feliz, o si debo.

 

Ya casi no escribo, ya casi no puedo.

La felicidad, una fiera al acecho,

la musas silentes huyendo.

Yo callado  las veo irse, las dejo.

Espada

•mayo 27, 2011 • 1 comentario

Y entonces, avanza
espada en mano.
Con intención asesina
¡Ataca!

La estocada es suave.
El metal forjado
es una caricia,
que mata.

Y entonces, espera.
El asesino callado
suplica las palabras,
que salvan.

Añora, calla y espera
la espada enemiga.
Pero el amado enemigo
se marcha.

Camina, nace

•abril 16, 2011 • Dejar un comentario

 

Camina soldado viejo,
camina sin rumbo.
Camina sin fe, sin alma,
sin creer en la batalla,
sin querer matar, y matas.

Nace pequeño desnudo,
hermoso capullo.
Nace esperanza en tu cara,
sin saber ni lo que pasa,
sin querer salvar, y salvas.

Grita

•marzo 14, 2011 • 1 comentario

¡No calles!
Callado rasgan tu carne
lo buitres negros del hambre,
espántalos con el fuego
de la garganta encendida
de fuego de quien gritando
defiende a muerte su villa.

No muere el pobre por malo,
malo es quien lo arranca
de lo que es suyo por honra
escrito y firmado en su espalda
con la sangre de quien trabaja.
No muere por malo el pobre
pero muere por callado

¡Grita!
¡Salva tu alma!
Salva la de tu hermano,
que corre peligro,
no por malo,
por callado.

¡Grita¡
No te importe la burla,
grita a quien te calla,
únelo a tu canto, que sepa
que puede morir gritanto
o puede morir callado.

Pero gritando gritanto,
gritando salvo a un hermano.
Y cuando vuelvan los otros, los malos,
susurraran las tumbas,
de los que nunca callaron.

 
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