Un viaje corto e interminable hacia todo

Nunca pensé que subirse a un autobús podía generar tanta ansiedad. Ya había agarrado el que iba desde el trabajo hasta la parada hacia mi casa. Pero ese primer tramo del viaje no cargaba el dramatismo ineludible del segundo, no era el camino aquel de siempre que conozco vuelta por vuelta. La parada, su olor a orines, el “abuelo” que los fines de semana se encaramaba una cabeza de león y los conocidos que como pocas veces aún no estaban al tanto de las ultimas noticias como lo estaba yo. Ese primer tramo solo me llevaba hacia otra estación mientras el segundo me llevaba hacia donde estaba, todo.

Me había llamado mi hermano pidiéndome que tomara asiento, confirmando con esa petición mi sospecha de que la llamada no podía ser otra cosa que malas noticias. Pero no eran malas, habría matado por recibir malas noticias. Eran terminales.

El camino era el mismo pero no me di cuenta, podrían habérmelo cambiado y no me habría dado cuenta. Si el bus hubiera caído en una dimensión alternativa y pasáramos frente al muelle de Puntarenas no lo habría notado y si alguien me hubiera tocado el hombro para hacérmelo notar, le habría dicho que no me interesaba.

Me levanté de aquel sillón en el que nadie en la empresa se sentaba porque daba a la oficina del gerente con la noticia pegada en el cuello. Le avisé escuetamente a mi jefe la petición de permiso para irme. Muy a mi pesar su buena voluntad lo hizo llamarme para hablar con él y corroborar que yo estuviera bien. No lo estaba, pero no iba a desmoronarme aún. No después de casi 20 años sin derramar una lágrima desde aquella tarde en que carajillo tomé la decisión unipersonal de no llorar nunca más en mi vida porque estaba harto de ser un llorón. Poco sabía el inocente niño que fui que ya de grande las lágrimas forman parte del maletín de primeros auxilios de la edad adulta junto al cofal y el peptobismol.

Kilómetro tras kilómetro me tragué 20 llantos amargos, guardándome para quién tenía el derecho único en el mundo de hacerme llorar. No quería encontrarme con la gente, con la casa, con el vacío. Pero tenía. Era mitad del día, calor y a punto de llover. Ya todos debían estar allá, ya todos sabían.

El viaje de media hora parecía no terminar, y yo lo agradecía. Durante los años que tardé en llegar a casa pude hacer el recuento de escenarios, de sufrimientos, de risas forzadas. Iba muy atrás hasta mi infancia cuando a uno no le daban malas noticias y caía en un futuro de amigos que visitan y se quedan, de desconocidos que protocolariamente tímidos me rozarían el hombro con un pésame hollywoodense de ese que no conseguimos hacer sonar menos inventado. En los giros más tranquilos del camino incluso me permitía imaginar milagros. Pero estos giros duraban poco.

El viaje de media hora terminó varios años después y lo pude constatar porque al bajar la última grada del bus, caminar hacia mi casa y abrazar a mi papá al que veía llorar por primera vez en mi vida yo era muchísimo mayor que cuando recibí aquella llamada sentado en el sillón en el que nadie se sentaba.

Lucidés

La vi sentada en el desayunador y luego tomamos café como siempre. Un abrazo como siempre y la despedida de siempre. Desperté y no sabía si había soñado o aquello era un recuerdo de la mañana anterior, hasta que recordé que ella ya no pertenecía a aquella casa, ni tomaba ya café ni se despedía de mi con un abrazo.

Pensé que si la volvía a encontrar en un sueño podía conversar con ella, fijar mis ojos en los suyos, en su pelo.  Regenerar uno a uno los difuminados recuerdos sensoriales que me quedaban de ella.

La siguiente vez, se robaban mi carro, alguien lo había movido del parqueo y yo furibundo intentaba encontrar un número, un teléfono a quien llamar, ella me buscó el número, llamó. Salimos todos a la calle. Nada. Robado.
Al despertar salí corriendo a ver si mi carro había sido en realidad robado, y antes de llegar a la puerta me pegó en la nuca todo el peso que tiene la repentina adquisición de una certeza absoluta. Aquello había sido otro sueño. Uno más lúcido que el anterior, verosímil en cada punto excepto por ella, que no podía ya alcanzarme el teléfono ni avisarme nada. Ella faltó antes de que el carro no robado fuera mío.

Una vez más fracasé en reconocerla ahí, espectral, imposible. La vi normal, como si cualquier cosa.
No sabía si ésto era bueno, u horrible. La soñaba en situaciones cotidianas, ridículas o realistas, la tocaba, le hablaba, como si nunca se hubiera ido. Por un segundo, seguía siendo ella, sin ausencias eternas de por medio. Pero mientras estamos lo que llamamos lúcidos, no olemos, no tocamos o reconocemos excepto en momentos específicos. No nos le quedamos viendo directo a los ojos para descubrir aquel negro brillante. No reponemos en los torpes movimientos de la mano derecha apenas entrenada para suplir la destreza genética de la izquierda reprimida por un arcaico sistema educativo del cual se vengaría heredándome la lateralidad como se hereda un tesoro familiar.
La lucidés la volvía a mi, tal cual la tuve en vida. Sin pistas, sin un cartel que dijera, ahí está tu madre muerta, date gusto. Ámala como debes antes de que termine el sueño. No, no es la lucidés de los sueños que la gente controla sabiendo que sueñan sino la lucidés que tenemos al estar despiertos, en que todo lo creemos real y aceptamos la realidad actual como única y verdadera. Donde el mundo de los despiertos no existe hasta que existe y destruye por completo al otro. Viajamos de un mundo a otro pero solo uno de ellos existe a la vez.

Solo me quedó esperar, que en la cotidianidad, mi yo del mundo del sueño, tuviera la ocurrencia de acercársele. Uno tras otro, podían pasar meses sin encontrármela en una paseo familiar o en medio cafetal. Fue en una mañana, fría, recuerdo bien el frío, ella puso el café y se acostó de nuevo. Yo tomé café y antes de meterme al baño la abracé. Me acurruqué como un niño y sentí ese calor que uno no siente más en la vida. Recorrí su rostro, me descubrí en él, tan parecidos. Sus manos trabajadas. Y supe. Y el mundo del sueño se despojó de su realidad como de un vestido, y quedó expuesto. Ella, yo, ese abrazo. Ella parecía no darse cuenta, seguía abrazándome cual si fuera un abrazo cualquiera. Yo ya sabía, que cuando volviera al otro mundo, el único que ahora existía, ella no iba a estar en la cama. Ambos mundos eran uno solo, pero uno, en el que estaba ella, estaba destinado a la destrucción. Cruel destrucción porque yo que ya la sabía imaginaria podía sentirla palpitar en aquel abrazo, ignorante de su destino. Todo aquel mundo que se desmoronaba bajo un rayo de sol que me pegaba en la cara y yo queriendo vivir una vida ahí, antes de volver al retumbo descorazonador del despertador.
Esperé poder volver a crearla, lúcido en mi propio universo, ignorante de los otros universos. La sostuve fuerte, más fuerte de lo que uno sostiene en un abrazo de antes de meterse al baño. Escuché el sonido electrónico que parecía viajar desde otra dimensión para llevarme con el. La miré, y juro, me miró de regreso, lúcida, con esa risilla contenida de ella antes de llorar de alegría. Desperté.  Quizá ella despertó.

Necesito

Barco Amarillo

Yo no necesito nada más que un barco de papel amarillo en la ventana,

necesito las manos que lo doblaron,

y el abrazo, hijo de esas manos.

Yo no necesito más que una palabra tierna en la mañana,

necesito la mañana,

y los labios que pronuncian las palabras.

Pájaros

Los amores son pájaros
indómitos, raudos
habitantes del aire.
No te confundas
no viven en tierra,
los ata el hambre.

Son seres del cielo,
subirán por aves,
bajarán por miedo.
Como amores los pájaros
morirán sin alas,
sin poder morirse
morirán por dentro.

Aunque ya muriendo
volvieran al cielo,
abrirán sus alas al vuelo.
Mil, cien veces los pájaros,
como los amores,
morirán de nuevo
si tocan el suelo.