Hormigas

Se sentaba en la cama a ver televisión, a la orilla de la ventana desde donde se podía ver el patio de atrás. Estaba viendo caricaturas como cualquier niño y algo distrajo su atención. Se asomó curiosamente pero no vio nada.

Un minuto más tarde, ahí estaba de nuevo. Era la misma luz que lo había despertado la noche anterior, solo que era ahora más intensa. Era una especie de esfera luminosa, algo lejana como una pequeña segunda luna que se divisaba al nivel del marco. El niño se levantó de la cama y la luz pareció seguirlo elevándose apenas un poco.

Asombrado, el infante movió la cabeza de lado a lado de la ventana y para su sorpresa la luz le siguió. Luego ésta se acerco y alejó rápidamente como invitándolo a salir.

El niño se abrigó rápidamente y salió por la ventana. Aún no era tarde, y no habían servido la comida.

La luz se veía lejana pero jugueteaba al mismo ritmo que el niño, que en un punto parecía hipnotizado. De pronto se dio cuenta que la luz ya no lo seguía, sino que lo guiaba. Era incapaz de despegar la mirada. Intentó retroceder en sus pasos. Pero horrorizado se dio cuenta de que ya no solo controlaba su mirada sino su cuerpo. Era un esclavo de aquella luz, que empezó a alejarse y a arrastrarlo con ella, trataba de luchar pero sus pies rastrillaban el suelo, se dirigía ineludiblemente donde aquel ente luminoso decidiera llevarlo. No podían brotar de sus ojos siquiera lágrimas, porque la luz no lo quería.

Intentó con todas sus fuerzas gritar, esperando que su mamá desde la cocina escuchara su grito y lo rescatara. Pero no se escuchó ni un sonido.

La luz continuaba alejándolo lentamente de su casa, y el niño se resignó tristemente a su destino, cualquiera que fuera.

__ Este será el fin – pensó – que triste perderme en esta luz sin haber llegado a crecer, solo por no quedarme en casa, quien sabe a que mundo extraño me arrastrará esta luz y nada puedo hacer al respecto. Quizá me destrocen como hago con las hormigas del patio para divertirme y nada pueden hacer ellas. Este puede ser mi castigo por hacer daño a las hormigas. Pero no puede ser, hay gente que hace cosas mucho peores y no escucha uno que una luz ande robando ladrones.

Es posible que me lleven a un lugar maravilloso, que esta luz sea algo bueno, sí, esta luz es como cuando mis amigos insisten en salir a jugar.

Se sintió tranquilo, empezó a soñar en las cosas increíbles que le mostraría su luz. ¡Cómo disfrutarían!. Viajaría por el espacio y conocería todos los planetas. O quizás las profundidades del mar.

Se sintió feliz de irse con aquella luz. Ya no luchaba, estaba entregado a su nueva suerte.

__Esperaré que me arrastre a mi nuevo hogar, todo será perfecto. Era como si esa frase se la dijera la luz, pero sin hablar. “Todo será perfecto”, seguía retumbando en su cabeza.

Ahora sus pensamientos se mezclaban con la doctrina de la luz y luchaban. Lo único que le quedaba era su mente, era lo único que la luz no controlaba.

“Todo será perfecto”, una y otra vez.

La luz acrecentaba su tamaño, se acercaba y abarcaba todo a su alrededor. Todo estaba consumado. Era imposible escapar. Ya le pertenecía y ni si siquiera había opuesto resistencia.

Entonces llegó el dolor. Un dolor familiar. Ni tan fuerte para hacerlo llorar ni tan leve para pasar inadvertido. Si, era el dolor que provocaban las picaduras de hormiga. Pero no veía las hormigas.

Las dos pequeñas picaduras que sintió en su brazo lograron sin embargo recordarle que debía escapar. Huir a toda costa de su captor. Ahí estaban sus hormigas, cubriendo la esfera luminosa, picándole y despertándole.

__A pesar de que fui muy malo con ellas salen en mi defensa. Que cruel he sido.

Lo embargó el remordimiento, y comenzó a llorar.

En ese momento calló en la cuenta, estaba llorando. Sentía las lágrimas en sus mejillas, la luz se hacía intermitente. Notó que no estaba en su patio sino en su habitación. Intento moverse y se levantó de un salto de la cama. Había dejado encendida la pequeña lámpara de mano que usaba para leer. Y a su lado el plato con un pedazo del queque que se estaba comiendo en la tarde se empezaba a llenar de hormigas de las que también estaba cubierto. Encendió la luz del cuarto y apagó la lámpara. Respiro profundo, se enjugó el llanto y empezó a sacudirse las hormigas cuidando de no matarlas, convencido de que no solo eran sus salvadoras aquella noche, sino de que eran unos animalitos dotados de gran nobleza y lealtad. .

Cerró la cortina y ya a salvo de visitantes luminosos y mundos desconocidos pensó en dejar en paz a las hormigas del patio.

__Ojalá todos pudiéramos ser tan buena gente como las hormigas.

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