Venganza

Un cuento que escribí hace meses para el concurso de cuento corto de 89decibeles (con un honroso segundo lugar).

No pudo el viejo soportar la idea de su hijo convertido en un vago, era ridículo, un hijo suyo. Tanto dinero desperdiciado, tanto por hablar de la gente de sociedad. Era incapaz de verlo a la cara, mucho menos de dirigirle la palabra.
Eduardo había iniciado la carrera de ingeniería en una prestigiosa escuela extranjera, y su padre, otrora acaudalado y ahora apenas capaz de mantener la apariencia, por supuesto había financiado la mencionada aventura. Y ahora tocaba recibir al chico bajando del avión diciéndole que había decidido abandonar, y que quizás se uniría a una compañía de teatro.
El padre nunca se lo perdonó.
Él decidió dejar la casa de sus padres. Era imposible vivir entre tantos reclamos que aunque silenciosos y educados, no eran menos insoportables y punzantes. Partía hacia quien sabe donde con los ahorros de su madre en la bolsa quien lo despidió entre sollozos y caricias. El viejo y su sonrisa odiosa se volvieron al interior de la casa.
Eduardo vagabundeó de aquí para allá durante varios meses, saltando de apartamentos rentados a los sofás camas de sus pocos viejos amigos y sus aún menos nuevos amigos. Al parecer, en sociedad la rebelión y desenfreno son bien aceptados solo durante un tiempo y luego se vuelve al regazo acogedor del dinero para retomar el “estatus” social. Pero él no estaba dispuesto a volver, bajo ninguna circunstancia.
Poco tardó en darse cuenta de lo difícil que sería vivir solo, sin la alcahuetería de su madre y el subsidio económico de su padre. Y el sufrimiento de bolsillos vacíos y trabajos mediocres se extendió mas de lo esperado. Muchas veces estuvo a punto de volver. Pero resistió.

Al cumplir solo 12 años el pequeño Eduardo tenía más que planeada su escuela y colegio completos. Pasó los mejores años de su infancia bajo la rigurosa mirada de un tipo que bien hubiera hecho de militar, su padre. Y de una mujer cuyo concepto de maternidad era una bolsa de juguetes cada festividad cuidadosamente seleccionados por la gente de servicio de la casa.
La dura educación impartida por un grupo de religiosos abusivos, golpeadores e inflexibles con cualquier manifestación que dejara entrever un signo de individualidad terminó de curtir el resentimiento que albergó en su corazón durante los larguísimos años de infancia.
Cumplida la mayoría de edad estaba todo listo. Se había despegado del lado paterno, había causado una gran vergüenza a su familia, viviría por su cuenta y eso según él era la venganza perfecta. Pensando en esa venganza se complacía y gastaba horas imaginando la indignación de su padre.
Una carta tras otra de su madre le suplicaron regresar, pero no hubo respuesta. Sabía que el viejo era capaz de usar a su madre para hacer el trabajo sucio e intentar convencerlo de regresar. Pero no cedería, se sentía miserable del estilo de vida que llevaba, y que una vez despreció. Extrañaba la buena comida, la ropa y la compañía. Inclusive sentía que la pobreza le restaba atractivo físico. Estaba solo y miserable y solo lo consolaba ahora la imagen que había creado del padre más miserable y con un alma aún más podrida que la suya. Ahogado en odio.

Una tarde muy gris tocó a la puerta una viejita con la cabeza envuelta en un paño. Él le permitió pasar ante la petición de la anciana y el extraño sentimiento que le despertaba. Le avergonzó no notarla al instante: la anciana era su madre. Que en unos meses había ganado unos 20 años.
Se saludaron rápida e incómodamente como si se vieran todos los días. Ella lloró, el ya no podía.
__Su papá murió. – dijo la madre.
__¿Cuando?.- preguntó Eduardo, entre asustado y sorprendido.
__La semana pasada, no pudo recuperarse del tumor. Yo sé que se llevaban mal, pero, ¿Porque no respondió hijo? ¿Para tanto daba su rencor?
__ ¿Que tengo que ver yo en eso? Yo no lo maté mamá.
__Ahora entiendo ¿Usted no leyó las cartas? Él necesitaba un trasplante, y el único pariente disponible era usted hijo.

Eduardo lo lamentó por un segundo, pero fue el dolor natural de ser humano, la culpa. Sollozó un poco no como hijo sino casi por una cortesía social.
__Me voy, él le dejó esta nota. Adiós hijo. Espero que esta vida que escogió para castigar a su papá y a mí no lo castigue a usted. Léala cuando me halla ido.
Eduardo abrió la carta apenas hubo despedido a su madre en la puerta.
__“Hijo, lo quiero a pesar de todo, me di cuenta poco después de que se fue pero aquí tirado en esta cama no se lo pude decir. No tuve el valor además. Perdóneme por la vida que le dimos. No se sienta mal por no venir, yo lo perdono.”

En ese momento Eduardo estallo en llanto, esta vez un llanto profundo, sincero, salido del alma. Nunca creyó poder odiar a alguien tanto como odió a su padre en aquel momento. ¡Cómo se atrevía a pedirle perdón!¡Cómo se atrevía a a perdonarlo!

Ahora si no le quedaba nada, le habían robado su venganza.

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