El fin

Mi cuento participante en el concurso de cuento corto de 89decibeles. Se pueden leer los demás cuentos aquí.

El fin.

El frio, la lluvia y el calor se turnaban desde hacía meses y ahora tocaba lluvia, torrencial porque ya no había de otro tipo. Ahí estábamos, mi hijo sosteniendo la cerca mientras yo trataba de meterme a ordeñar la última vaca de muchos kilómetros alrededor, 20 años después de qué le había oído decir a mi papá que si no había qué comer en casa, a nadie se le podía condenar por ir a pegarle un balazo al vecino para robar comida . Hace 20 años aquello sonaba a broma, y ahora me sonaba a un perdón anticipado.

Siempre sospeché que existía cierta complicidad entre el viejo y sus ladrones porque incluso cuando estuve seguro que nos iba a agarrar con las manos en la masa lográbamos escabullirnos, y con nuestra preciosa carga vivir unos días más.

Sentados entre los escombros del muro no reparábamos en los gusanos de las guayabas. Luego salimos de nuevo a sentarnos entre los pocos mosaicos que quedaban buenos en el corredor. El chiquillo tragó la leche del tarro costroso en menos de un segundo. Más tarde nos acomodamos a esperar que pasara el día como hacíamos siempre desde que las carreteras estaban inutilizadas y las industrias cerradas.

Yo todavía tenía guardada mi liquidación de cuando la empresa cerró. Fuimos de los primeros en cerrar y en cuestión de meses hasta el dinero dejó de servir para nada porque solo quedaron un par de supermercados funcionando y vendieron tan cara la comida que solo los ricos pudieron abastecerse. Hasta que la seguridad no fue suficiente para contener los saqueos. Y los que se hicieron multimillonarios mercadeando con el hambre de la gente solo se quedaron con un montón de billetes en un país donde ya no se podía comprar nada con papel.

Luego los árboles frutales, los animales y cualquier fuente de energía se volvieron los verdaderos tesoros, resguardados celosamente. Al inicio, en algunos lugares había electricidad. Pero ya no había estaciones de televisión y solo un canal de radio que repetía de vez en cuando alguna noticia o chisme traídos desde algún país vecino.

Fue como si el mundo estuviera desquitándose, como si después de tolerarnos por tanto tiempo, algo que hicimos finalmente terminó de hartarlo. Y ahí comenzó, tsunamis, terremotos, casi estratégicos, casi planeados. Las principales ciudades se convirtieron en centros de refugiados. Los países pequeños, algunos más otros menos dañados, entraron rápidamente en crisis cuando ya no se podía pedir casi nada a las grandes potencias, principalmente petróleo. Cuando creíamos que nos habíamos escabullido la madre naturaleza la tomó con nosotros, y comenzaron las lluvias. Y sin dinero, las carreteras simplemente colapsaron, al punto que el transporte automotor se volvió un lujo.

Luego, las noticias empezaron a escasear, y con un país casi desconectado del mundo y sin más comunicaciones que caballos y carretas, otrora adornos, para cuando los terremotos, lluvias y desastres se calmaron suficiente para pensar, nos dimos cuenta que habíamos retrocedido un siglo, en cuestión de meses. Y todos asumimos que el resto del mundo ya no existía. Los pueblos en realidad habían tomado la mejor parte, mientras las áreas urbanas estaban decoradas de escombros. Y debajo de los escombros muy pocos se animaban a escudriñar suponiendo los siniestros hallazgos que cubrían.

Ya no quedaban muchos vecinos, y los que quedaban no hablaban mucho. La gente de las montañas viajaba a la costa buscando alejarse de los aludes, y los de la costa a las montañas huyendo de las inundaciones y de las olas gigantescas que arrasaban un pueblo. El único lugar donde nadie iba por miedo a quedar debajo de un edificio era a la ciudad. Los citadinos que quedaban tan orgullosos de su concreto pronto se vieron obligados a emigrar.

Yo estaba ya medio somnoliento cuando me despertó el niño que se levantó de pronto, y apenas alcanzó a voltear la cara cuando violentamente vomitó las guayabas y la leche. Yo me volteé asustado y apenas pude agarrarlo al momento que se desplomaba. Estaba ardiendo en fiebre y temblaba. Con una cara más de otro mundo que de este. Me tomó menos de un segundo recrear en mi mente la imagen de su mamá agonizando en un ataque de dengue o quien sabe cuál enfermedad de tantas que se iban esparciendo, favorecidas por la falta de servicios y agua potable.

Aterrado, lo acosté en la choza y corrí a buscar al aprendiz de enfermero que había llegado hacia unos meses desde el puerto. Vivía como a diez kilómetros que a mí me parecían cien. Es increíble lo largas que se hacen las distancias cuando se recorren a pie. Sin aliento, entré gritando y le expliqué lo que pasaba. Me recibió con cara de asustado, como recibía todo mundo a las visitas porque nos habíamos vuelto muy desconfiados.

El joven, casi niño de no más de 19 años, flaco y de cara amistosa vivía con su novia en una casa que habían ocupado al llegar. Probablemente no tenía más que unos meses de entrenamiento y solo cargaba un maletincillo con unas bolsas de suero, vitaminas y gasas que yo le había visto sacar para curar a la vaca de don Memo. La novia dormía en una colchoneta en el fondo. Cuando no hay medicinas ni comida, un aprendiz de enfermero se convierte en un doctor reconocido, una colchoneta un hotel de cinco estrellas y una vaca lechera es un paciente tan de primera clase como el presidente de la república.

La lluvia que se había detenido por un buen rato regresó y mis pies casi descalzos cubiertos por un par de zapatos tan llenos de huecos que apenas lograban proteger las plantas de mis pies se rehusaban a caminar de vuelta.

Como el dinero no servía para nada, tuve que ofrecerle darle mi abrigo y unas guayabas. A sabiendas que me iban a hacer mucha falta. Le rogué que nos apuráramos pero era yo el que ya no podía seguirle el paso a mitad de camino.

Ya había pasado mucho tiempo, y yo sabía que mi hijo no estaba bien. Cuando llegamos, estaba completamente pálido, bañado en sudor. El “doctor” no me dio una mirada de mucha confianza, no sé si porque no tenía idea de qué le pasaba o porque era algo muy malo. El caso es que me pidió algo de agua y cobijas. Yo me apuré a la acequia vecina, llené una olla vieja y le alcance todas las cobijas que teníamos. Luego a miles penas encendimos un fuego en el centro del precario refugio. El muchacho lo acurrucó y le preparó el suero, que era realmente lo único que tenía a la mano.

Luego vino el terremoto, uno como no lo había sentido en semanas. La casucha se tambaleó y pudimos ver de primera mano cómo lo que quedaba del muro del frente se derrumbaba y una grieta cruzaba el patio de lado a lado. Yo como podía cubría al enfermo, y sostenía una viga del techo que se mecía peligrosamente.

Sin darme cuenta cuando, el doctor había salido y corría despavorido hacia su casa gritando espantosamente. El chiquillo, entre delirante y asustado, se estremecía entre mis brazos. El movimiento no se detenía, era más largo que los anteriores y pensé que finalmente el mundo estaba por abrirse como una cascara de huevo. La vaca de don memo mugía sin cesar hasta que lanzó un mugido terrible y final. Yo agarré a mi hijo lo más fuerte que pude, cerré los ojos y esperé el final. Casi lo deseé. Y luego lo supliqué a todo lo que daba mi voz.

Pero se detuvo, y no solo el terremoto, sino la lluvia. A lo lejos en el potrero don Memo lloraba la suerte de la pobre vaca que había quedado sepultada por un paredón.

Y no tembló ni llovió torrencialmente de nuevo. En unos meses llegaron noticias de que la reconstrucción había empezado, y llegaron doctores, primero cada mes, luego todas las semanas. Cuando volvió el petróleo, volvieron los carros, pronto volvió la electricidad y las noticias llevaban dolor y esperanza casi sancochados en una misma olla de propaganda.

Yo que había suplicado que se terminara, no tenía razón para celebrar. Un minuto antes de que todo acabara, de entre mis dedos se escurrió en un pujido la vida del último ser humano por el que hubiera querido que no se acabara el mundo. Casi como si alguno de tantos dioses que poco a poco retomaban fama, se hubiera complacido en tomar a mi niño como sacrificio. A pesar de que, de haberme preguntado, habría aceptado gustoso que a cambio de él, nos fuéramos todos al infierno.

E.C.C

2 comentarios en “El fin

  1. Angie Gomez Viquez

    Hey… Me gustó muchísimo… Me mantuvo atrapada durante todo el cuento. Realmente tiene talento. Espero que no deje de escribir… Dios lo bendiga…

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