Piso de tierra

Después del 17 concurso de cuento corto de 89decibeles me tocó un honorable segundo lugar por tercera vez (primera vez, segunda vez). Comparto el cuento completo y los invito a leer todos los demás cuentos.

Entrar en aquella casa siempre fue ocasión de inquietud para el pobre Pablo pero su mamá insistía en que cuidara de su abuela. Pablo era un niño con una gran imaginación.

Prefería mil veces quedarse solo en casa leyendo sus libros. Su abuela olía raro, no lo dejaba hacer nada y hablaba muy poco. Además aquella casucha vieja se le parecía mucho a la casa de una bruja de cuentos y cuando se despertaba de madrugada, lo que le pasaba con frecuencia, tenía que aguantarse las ganas de orinar porque tenía miedo a encontrarse a su abuela cocinando algún sapo en la olla grande que siempre quedaba en el fogón, o conversando con el diablo mientras se tomaban un cafecito requemado en media sala.

Entrar en la casa y la abuela desde la cocina le gritaba que se quitara los zapatos y que no ensuciara el piso. ¿Cómo voy a ensuciar un piso de tierra? – pensó en voz alta Pablo mientras se quedaba en medias sobre el pulidísimo terrón que hacía las veces de mosaico.

Llegada la hora de dormir y después de un aguadulce bien falto de dulce el niño de escasos diez años imprudentemente se fue a dormir sin ir al baño antes de que su abuela le apagara las luces. La casa solo tenía un cuarto al fondo donde dormían él en un catre y su abuela en la cama. Luego una salita con un sillón gastado donde además se comía en una mesa con patas de metal y un mantel floreado y afuera el fogón de leña y un cuarto improvisado pegado a la casa que no era otra cosa que el excusado.

Cómo la naturaleza es indomable especialmente cuando se trata de fluidos, ese bien conocido sentimiento de urgencia le avisó a Pablo que era hora de liberarse y dejar salir lo que quedaba del vasado de agua dulce. Trató inútilmente de convencerse de que podía aguantar pero el reloj marcaba las once y por más temprano que se levantara su abuela, le quedaban al menos cinco horas de tortura. Después de 20 minutos el consejo unánime que su esfínter, su experiencia y su reloj le daban era irrefutable y tenía que orinar.

A ciegas y deslizándose del ruidoso catre pese a sus esfuerzos por ser silencioso logró llegar a la puerta del cuarto tanteando las paredes. Pudo notar una luz colada entre las rendijas de la puerta del cuarto y escuchó unos murmullos del otro lado. Contuvo sus impulsos naturales y se asomó con cautela.

El pobre niño tuvo que taparse a si mismo la boca para no soltar un grito delator al divisar en el centro de la sala un grupo de cuatro viejas vestidas de negro alrededor de un ollón tiznado que no podía ser otra cosa que un caldero.

¡Brujas! Gritó escandalosamente el mocoso a punto de llorar. Se aterro al pensar que había avisado de su ubicación. Pero al parecer no había emitido sonido alguno porque las viejas seguían en lo suyo cocinando quién sabe qué maldiciones. Una de ellas le pareció sospechosamente familiar. Volteó a la cama pensando en volver a esconderse, así se tuviera que orinar en los pantalones pero apenas volteó la mirada hacia la cama, la huesuda mano que le tocó el hombro se sintió como un hachazo que lo hizo caer de rodillas presa del miedo.

Era incapaz de voltear a ver al espantajo que debía vivir al otro lado de aquellos dedos y cerró los ojos mientras era arrastrado hasta la olla misteriosa. Al llegar pudo confirmar que una de las brujas era su abuela. Al fin salieron sus gritos fuertes y claros.

–Shhhhhh. –Dijeron las brujas a coro.

– ¡Abuela! –Intentó un grito de auxilio. Pero no le salían las palabras. Aquel Shhhhhh de las brujas no era otra cosa que un embrujo. El pobre Pablo estaba perdido. No podía dejar de pensar que él sería el plato fuerte. Cualquiera sabe que las brujas se deleitan comiendo niños y que usan los huesitos para sus embrujos.

Cada una de las cuatro agarró una extremidad del chiquillo y lo alzaron sobre la olla mientras se retorcía intentando salir corriendo.

–Shhhhhh. –Repitieron a coro.

Ahora todo su cuerpo se había congelado como su lengua. Ya no le quedaba más que rezar pero no se acordaba del puro susto. Lo acomodaron en media olla sentado con un agua hedionda hasta el cuello y encendieron el caldero. ¿Cómo podía huir? Estaba a minutos de hervir y ser comido por estas viejas brujas sin poder defenderse. ¿Pero, que era aquello? Pensó que aquel hechizo lo tenía inutilizado por completo y sin embargo podía sentir que algo aún tenía acción en sí. ¡Claro! La razón por la que había salido de su cuarto. Ni el hechizo diabólico de las brujas le había quitado las ganas de mear. Sin dudarlo dos veces liberó con satisfacción su carga dorada entre la sopa de niño esperando al menos causarles una indigestión. El agua entibiaba y para su sorpresa vio a las mujeres acercar sus narices horrendas a la sopa para degustar. Se entristeció al pensar que iban a descubrir su broma final. Pero las brujas se daban palmadas en la espalda y se felicitaban por el buen aroma.

Las cuatro al unísono dieron un profundo sorbo de sopa de niño con orines. Y mientras se relamían y disfrutaban del caldo una de ellas calló patas arriba como fulminada mientras las demás se agarraban la panza. Pronto todas en el suelo se retorcían y gritaban. ¡Las brujas eran alérgicas a aquella sopa! Roto el hechizo y Pablo continuaba su “labor” en una carcajada hasta que sintió una nalgada fuerte y una segunda más fuerte que le detuvieron la risa.

–Despierte cochino. –Le gritaba su abuela mientras quitaba las sábanas.

Estaba en su cama empapado. Sintió un alivio que superó la vergüenza y corriendo se escapó de la chancleta de la abuela hasta el baño afuera de la casa. Al volver a su casa cruzando la calle le pareció ver a un grupo de señoras en el otro lado que se le hicieron familiares. Éstas al verlo apuraron el paso mientras se agarraban la panza y escupían en la acera.

Pablo nunca supo si todo aquello fue un sueño. La fajeada de la abuela cuando salió del baño se sintió bien real y por si las moscas, o por si las brujas, nunca se volvió a ir a dormir sin ganas de orinar.

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