La nueva navidad, en rebaja.

Cómo ha cambiado la navidad, y como, sin embargo sigue siendo esa época diferente del año en que todos los transeúntes de cuando en cuando respiran profundo y echan miradas melancólicas a los pasitos resguardados bajo los árboles de navidad.

Un señor en una esquina se escudriña la bolsa para comprar uvas o manzanas que adoptamos con gusto como comida acostumbrada del mes de diciembre. La señora cargada de bolsas y papeles de regalo para envolver cuanto nuevo juguete esté de moda, corre a agarrar el bus porque el desnutrido aguinaldo ya no da para taxis.

Poco nos importa la temida pero ignorada cuesta de enero que apenas a unos días de distancia los vientos decembrinos hacen parecer tan lejana. Hay que festejar. Nos encanta la navidad no hay duda. Algunos tenemos que acordarnos del célebre natalicio que le da razón de ser a estos días, a otros por ejemplo los tiene sin cuidado, pero de cualquier manera están dispuestos a aprovechar las vacaciones y el tan mentado “espíritu navideño” para acercarse a los seres queridos.

La rama de ciprés de pronto se convirtió en plástico, el caballito de madera se volvió un transformer, e incluso algunos mataron los tamales y demás comidas de los abuelos y los cambiaron por aves extranjeras, quesos y vinos. Hasta el verde y el rojo pasaron de moda y ahora nos recetan con dorados y plateados brillantes. Parece que para nuestra desgracia lo que menos cambia son los mismos refritos navideños que pasan en todos los canales.

Sí, la navidad cambia y se convierte en una mezcolanza divertida de tradiciones sin dueño conocido. Como salvación nos queda el portal, el rompope hecho en casa hasta con chirrite, como dicen por ahí, los guisos de madre y postres de abuela. Nos queda aun el abrazo navideño, y el cariño de los más cercanos, que todavía no han podido empaquetar las empresas jugueteras por más que Elmo se canse de dar piruetas y decir te quiero.