Un viaje corto e interminable hacia todo

Nunca pensé que subirse a un autobús podía generar tanta ansiedad. Ya había agarrado el que iba desde el trabajo hasta la parada hacia mi casa. Pero ese primer tramo del viaje no cargaba el dramatismo ineludible del segundo, no era el camino aquel de siempre que conozco vuelta por vuelta. La parada, su olor a orines, el “abuelo” que los fines de semana se encaramaba una cabeza de león y los conocidos que como pocas veces aún no estaban al tanto de las ultimas noticias como lo estaba yo. Ese primer tramo solo me llevaba hacia otra estación mientras el segundo me llevaba hacia donde estaba, todo.

Me había llamado mi hermano pidiéndome que tomara asiento, confirmando con esa petición mi sospecha de que la llamada no podía ser otra cosa que malas noticias. Pero no eran malas, habría matado por recibir malas noticias. Eran terminales.

El camino era el mismo pero no me di cuenta, podrían habérmelo cambiado y no me habría dado cuenta. Si el bus hubiera caído en una dimensión alternativa y pasáramos frente al muelle de Puntarenas no lo habría notado y si alguien me hubiera tocado el hombro para hacérmelo notar, le habría dicho que no me interesaba.

Me levanté de aquel sillón en el que nadie en la empresa se sentaba porque daba a la oficina del gerente con la noticia pegada en el cuello. Le avisé escuetamente a mi jefe la petición de permiso para irme. Muy a mi pesar su buena voluntad lo hizo llamarme para hablar con él y corroborar que yo estuviera bien. No lo estaba, pero no iba a desmoronarme aún. No después de casi 20 años sin derramar una lágrima desde aquella tarde en que carajillo tomé la decisión unipersonal de no llorar nunca más en mi vida porque estaba harto de ser un llorón. Poco sabía el inocente niño que fui que ya de grande las lágrimas forman parte del maletín de primeros auxilios de la edad adulta junto al cofal y el peptobismol.

Kilómetro tras kilómetro me tragué 20 llantos amargos, guardándome para quién tenía el derecho único en el mundo de hacerme llorar. No quería encontrarme con la gente, con la casa, con el vacío. Pero tenía. Era mitad del día, calor y a punto de llover. Ya todos debían estar allá, ya todos sabían.

El viaje de media hora parecía no terminar, y yo lo agradecía. Durante los años que tardé en llegar a casa pude hacer el recuento de escenarios, de sufrimientos, de risas forzadas. Iba muy atrás hasta mi infancia cuando a uno no le daban malas noticias y caía en un futuro de amigos que visitan y se quedan, de desconocidos que protocolariamente tímidos me rozarían el hombro con un pésame hollywoodense de ese que no conseguimos hacer sonar menos inventado. En los giros más tranquilos del camino incluso me permitía imaginar milagros. Pero estos giros duraban poco.

El viaje de media hora terminó varios años después y lo pude constatar porque al bajar la última grada del bus, caminar hacia mi casa y abrazar a mi papá al que veía llorar por primera vez en mi vida yo era muchísimo mayor que cuando recibí aquella llamada sentado en el sillón en el que nadie se sentaba.

Lucidés

La vi sentada en el desayunador y luego tomamos café como siempre. Un abrazo como siempre y la despedida de siempre. Desperté y no sabía si había soñado o aquello era un recuerdo de la mañana anterior, hasta que recordé que ella ya no pertenecía a aquella casa, ni tomaba ya café ni se despedía de mi con un abrazo.

Pensé que si la volvía a encontrar en un sueño podía conversar con ella, fijar mis ojos en los suyos, en su pelo.  Regenerar uno a uno los difuminados recuerdos sensoriales que me quedaban de ella.

La siguiente vez, se robaban mi carro, alguien lo había movido del parqueo y yo furibundo intentaba encontrar un número, un teléfono a quien llamar, ella me buscó el número, llamó. Salimos todos a la calle. Nada. Robado.
Al despertar salí corriendo a ver si mi carro había sido en realidad robado, y antes de llegar a la puerta me pegó en la nuca todo el peso que tiene la repentina adquisición de una certeza absoluta. Aquello había sido otro sueño. Uno más lúcido que el anterior, verosímil en cada punto excepto por ella, que no podía ya alcanzarme el teléfono ni avisarme nada. Ella faltó antes de que el carro no robado fuera mío.

Una vez más fracasé en reconocerla ahí, espectral, imposible. La vi normal, como si cualquier cosa.
No sabía si ésto era bueno, u horrible. La soñaba en situaciones cotidianas, ridículas o realistas, la tocaba, le hablaba, como si nunca se hubiera ido. Por un segundo, seguía siendo ella, sin ausencias eternas de por medio. Pero mientras estamos lo que llamamos lúcidos, no olemos, no tocamos o reconocemos excepto en momentos específicos. No nos le quedamos viendo directo a los ojos para descubrir aquel negro brillante. No reponemos en los torpes movimientos de la mano derecha apenas entrenada para suplir la destreza genética de la izquierda reprimida por un arcaico sistema educativo del cual se vengaría heredándome la lateralidad como se hereda un tesoro familiar.
La lucidés la volvía a mi, tal cual la tuve en vida. Sin pistas, sin un cartel que dijera, ahí está tu madre muerta, date gusto. Ámala como debes antes de que termine el sueño. No, no es la lucidés de los sueños que la gente controla sabiendo que sueñan sino la lucidés que tenemos al estar despiertos, en que todo lo creemos real y aceptamos la realidad actual como única y verdadera. Donde el mundo de los despiertos no existe hasta que existe y destruye por completo al otro. Viajamos de un mundo a otro pero solo uno de ellos existe a la vez.

Solo me quedó esperar, que en la cotidianidad, mi yo del mundo del sueño, tuviera la ocurrencia de acercársele. Uno tras otro, podían pasar meses sin encontrármela en una paseo familiar o en medio cafetal. Fue en una mañana, fría, recuerdo bien el frío, ella puso el café y se acostó de nuevo. Yo tomé café y antes de meterme al baño la abracé. Me acurruqué como un niño y sentí ese calor que uno no siente más en la vida. Recorrí su rostro, me descubrí en él, tan parecidos. Sus manos trabajadas. Y supe. Y el mundo del sueño se despojó de su realidad como de un vestido, y quedó expuesto. Ella, yo, ese abrazo. Ella parecía no darse cuenta, seguía abrazándome cual si fuera un abrazo cualquiera. Yo ya sabía, que cuando volviera al otro mundo, el único que ahora existía, ella no iba a estar en la cama. Ambos mundos eran uno solo, pero uno, en el que estaba ella, estaba destinado a la destrucción. Cruel destrucción porque yo que ya la sabía imaginaria podía sentirla palpitar en aquel abrazo, ignorante de su destino. Todo aquel mundo que se desmoronaba bajo un rayo de sol que me pegaba en la cara y yo queriendo vivir una vida ahí, antes de volver al retumbo descorazonador del despertador.
Esperé poder volver a crearla, lúcido en mi propio universo, ignorante de los otros universos. La sostuve fuerte, más fuerte de lo que uno sostiene en un abrazo de antes de meterse al baño. Escuché el sonido electrónico que parecía viajar desde otra dimensión para llevarme con el. La miré, y juro, me miró de regreso, lúcida, con esa risilla contenida de ella antes de llorar de alegría. Desperté.  Quizá ella despertó.

Piso de tierra

Después del 17 concurso de cuento corto de 89decibeles me tocó un honorable segundo lugar por tercera vez (primera vez, segunda vez). Comparto el cuento completo y los invito a leer todos los demás cuentos.

Entrar en aquella casa siempre fue ocasión de inquietud para el pobre Pablo pero su mamá insistía en que cuidara de su abuela. Pablo era un niño con una gran imaginación.

Prefería mil veces quedarse solo en casa leyendo sus libros. Su abuela olía raro, no lo dejaba hacer nada y hablaba muy poco. Además aquella casucha vieja se le parecía mucho a la casa de una bruja de cuentos y cuando se despertaba de madrugada, lo que le pasaba con frecuencia, tenía que aguantarse las ganas de orinar porque tenía miedo a encontrarse a su abuela cocinando algún sapo en la olla grande que siempre quedaba en el fogón, o conversando con el diablo mientras se tomaban un cafecito requemado en media sala.

Entrar en la casa y la abuela desde la cocina le gritaba que se quitara los zapatos y que no ensuciara el piso. ¿Cómo voy a ensuciar un piso de tierra? – pensó en voz alta Pablo mientras se quedaba en medias sobre el pulidísimo terrón que hacía las veces de mosaico.

Llegada la hora de dormir y después de un aguadulce bien falto de dulce el niño de escasos diez años imprudentemente se fue a dormir sin ir al baño antes de que su abuela le apagara las luces. La casa solo tenía un cuarto al fondo donde dormían él en un catre y su abuela en la cama. Luego una salita con un sillón gastado donde además se comía en una mesa con patas de metal y un mantel floreado y afuera el fogón de leña y un cuarto improvisado pegado a la casa que no era otra cosa que el excusado.

Cómo la naturaleza es indomable especialmente cuando se trata de fluidos, ese bien conocido sentimiento de urgencia le avisó a Pablo que era hora de liberarse y dejar salir lo que quedaba del vasado de agua dulce. Trató inútilmente de convencerse de que podía aguantar pero el reloj marcaba las once y por más temprano que se levantara su abuela, le quedaban al menos cinco horas de tortura. Después de 20 minutos el consejo unánime que su esfínter, su experiencia y su reloj le daban era irrefutable y tenía que orinar.

A ciegas y deslizándose del ruidoso catre pese a sus esfuerzos por ser silencioso logró llegar a la puerta del cuarto tanteando las paredes. Pudo notar una luz colada entre las rendijas de la puerta del cuarto y escuchó unos murmullos del otro lado. Contuvo sus impulsos naturales y se asomó con cautela.

El pobre niño tuvo que taparse a si mismo la boca para no soltar un grito delator al divisar en el centro de la sala un grupo de cuatro viejas vestidas de negro alrededor de un ollón tiznado que no podía ser otra cosa que un caldero.

¡Brujas! Gritó escandalosamente el mocoso a punto de llorar. Se aterro al pensar que había avisado de su ubicación. Pero al parecer no había emitido sonido alguno porque las viejas seguían en lo suyo cocinando quién sabe qué maldiciones. Una de ellas le pareció sospechosamente familiar. Volteó a la cama pensando en volver a esconderse, así se tuviera que orinar en los pantalones pero apenas volteó la mirada hacia la cama, la huesuda mano que le tocó el hombro se sintió como un hachazo que lo hizo caer de rodillas presa del miedo.

Era incapaz de voltear a ver al espantajo que debía vivir al otro lado de aquellos dedos y cerró los ojos mientras era arrastrado hasta la olla misteriosa. Al llegar pudo confirmar que una de las brujas era su abuela. Al fin salieron sus gritos fuertes y claros.

–Shhhhhh. –Dijeron las brujas a coro.

– ¡Abuela! –Intentó un grito de auxilio. Pero no le salían las palabras. Aquel Shhhhhh de las brujas no era otra cosa que un embrujo. El pobre Pablo estaba perdido. No podía dejar de pensar que él sería el plato fuerte. Cualquiera sabe que las brujas se deleitan comiendo niños y que usan los huesitos para sus embrujos.

Cada una de las cuatro agarró una extremidad del chiquillo y lo alzaron sobre la olla mientras se retorcía intentando salir corriendo.

–Shhhhhh. –Repitieron a coro.

Ahora todo su cuerpo se había congelado como su lengua. Ya no le quedaba más que rezar pero no se acordaba del puro susto. Lo acomodaron en media olla sentado con un agua hedionda hasta el cuello y encendieron el caldero. ¿Cómo podía huir? Estaba a minutos de hervir y ser comido por estas viejas brujas sin poder defenderse. ¿Pero, que era aquello? Pensó que aquel hechizo lo tenía inutilizado por completo y sin embargo podía sentir que algo aún tenía acción en sí. ¡Claro! La razón por la que había salido de su cuarto. Ni el hechizo diabólico de las brujas le había quitado las ganas de mear. Sin dudarlo dos veces liberó con satisfacción su carga dorada entre la sopa de niño esperando al menos causarles una indigestión. El agua entibiaba y para su sorpresa vio a las mujeres acercar sus narices horrendas a la sopa para degustar. Se entristeció al pensar que iban a descubrir su broma final. Pero las brujas se daban palmadas en la espalda y se felicitaban por el buen aroma.

Las cuatro al unísono dieron un profundo sorbo de sopa de niño con orines. Y mientras se relamían y disfrutaban del caldo una de ellas calló patas arriba como fulminada mientras las demás se agarraban la panza. Pronto todas en el suelo se retorcían y gritaban. ¡Las brujas eran alérgicas a aquella sopa! Roto el hechizo y Pablo continuaba su “labor” en una carcajada hasta que sintió una nalgada fuerte y una segunda más fuerte que le detuvieron la risa.

–Despierte cochino. –Le gritaba su abuela mientras quitaba las sábanas.

Estaba en su cama empapado. Sintió un alivio que superó la vergüenza y corriendo se escapó de la chancleta de la abuela hasta el baño afuera de la casa. Al volver a su casa cruzando la calle le pareció ver a un grupo de señoras en el otro lado que se le hicieron familiares. Éstas al verlo apuraron el paso mientras se agarraban la panza y escupían en la acera.

Pablo nunca supo si todo aquello fue un sueño. La fajeada de la abuela cuando salió del baño se sintió bien real y por si las moscas, o por si las brujas, nunca se volvió a ir a dormir sin ganas de orinar.

El fin

Mi cuento participante en el concurso de cuento corto de 89decibeles. Se pueden leer los demás cuentos aquí.

El fin.

El frio, la lluvia y el calor se turnaban desde hacía meses y ahora tocaba lluvia, torrencial porque ya no había de otro tipo. Ahí estábamos, mi hijo sosteniendo la cerca mientras yo trataba de meterme a ordeñar la última vaca de muchos kilómetros alrededor, 20 años después de qué le había oído decir a mi papá que si no había qué comer en casa, a nadie se le podía condenar por ir a pegarle un balazo al vecino para robar comida . Hace 20 años aquello sonaba a broma, y ahora me sonaba a un perdón anticipado.

Siempre sospeché que existía cierta complicidad entre el viejo y sus ladrones porque incluso cuando estuve seguro que nos iba a agarrar con las manos en la masa lográbamos escabullirnos, y con nuestra preciosa carga vivir unos días más.

Sentados entre los escombros del muro no reparábamos en los gusanos de las guayabas. Luego salimos de nuevo a sentarnos entre los pocos mosaicos que quedaban buenos en el corredor. El chiquillo tragó la leche del tarro costroso en menos de un segundo. Más tarde nos acomodamos a esperar que pasara el día como hacíamos siempre desde que las carreteras estaban inutilizadas y las industrias cerradas.

Yo todavía tenía guardada mi liquidación de cuando la empresa cerró. Fuimos de los primeros en cerrar y en cuestión de meses hasta el dinero dejó de servir para nada porque solo quedaron un par de supermercados funcionando y vendieron tan cara la comida que solo los ricos pudieron abastecerse. Hasta que la seguridad no fue suficiente para contener los saqueos. Y los que se hicieron multimillonarios mercadeando con el hambre de la gente solo se quedaron con un montón de billetes en un país donde ya no se podía comprar nada con papel.

Luego los árboles frutales, los animales y cualquier fuente de energía se volvieron los verdaderos tesoros, resguardados celosamente. Al inicio, en algunos lugares había electricidad. Pero ya no había estaciones de televisión y solo un canal de radio que repetía de vez en cuando alguna noticia o chisme traídos desde algún país vecino.

Fue como si el mundo estuviera desquitándose, como si después de tolerarnos por tanto tiempo, algo que hicimos finalmente terminó de hartarlo. Y ahí comenzó, tsunamis, terremotos, casi estratégicos, casi planeados. Las principales ciudades se convirtieron en centros de refugiados. Los países pequeños, algunos más otros menos dañados, entraron rápidamente en crisis cuando ya no se podía pedir casi nada a las grandes potencias, principalmente petróleo. Cuando creíamos que nos habíamos escabullido la madre naturaleza la tomó con nosotros, y comenzaron las lluvias. Y sin dinero, las carreteras simplemente colapsaron, al punto que el transporte automotor se volvió un lujo.

Luego, las noticias empezaron a escasear, y con un país casi desconectado del mundo y sin más comunicaciones que caballos y carretas, otrora adornos, para cuando los terremotos, lluvias y desastres se calmaron suficiente para pensar, nos dimos cuenta que habíamos retrocedido un siglo, en cuestión de meses. Y todos asumimos que el resto del mundo ya no existía. Los pueblos en realidad habían tomado la mejor parte, mientras las áreas urbanas estaban decoradas de escombros. Y debajo de los escombros muy pocos se animaban a escudriñar suponiendo los siniestros hallazgos que cubrían.

Ya no quedaban muchos vecinos, y los que quedaban no hablaban mucho. La gente de las montañas viajaba a la costa buscando alejarse de los aludes, y los de la costa a las montañas huyendo de las inundaciones y de las olas gigantescas que arrasaban un pueblo. El único lugar donde nadie iba por miedo a quedar debajo de un edificio era a la ciudad. Los citadinos que quedaban tan orgullosos de su concreto pronto se vieron obligados a emigrar.

Yo estaba ya medio somnoliento cuando me despertó el niño que se levantó de pronto, y apenas alcanzó a voltear la cara cuando violentamente vomitó las guayabas y la leche. Yo me volteé asustado y apenas pude agarrarlo al momento que se desplomaba. Estaba ardiendo en fiebre y temblaba. Con una cara más de otro mundo que de este. Me tomó menos de un segundo recrear en mi mente la imagen de su mamá agonizando en un ataque de dengue o quien sabe cuál enfermedad de tantas que se iban esparciendo, favorecidas por la falta de servicios y agua potable.

Aterrado, lo acosté en la choza y corrí a buscar al aprendiz de enfermero que había llegado hacia unos meses desde el puerto. Vivía como a diez kilómetros que a mí me parecían cien. Es increíble lo largas que se hacen las distancias cuando se recorren a pie. Sin aliento, entré gritando y le expliqué lo que pasaba. Me recibió con cara de asustado, como recibía todo mundo a las visitas porque nos habíamos vuelto muy desconfiados.

El joven, casi niño de no más de 19 años, flaco y de cara amistosa vivía con su novia en una casa que habían ocupado al llegar. Probablemente no tenía más que unos meses de entrenamiento y solo cargaba un maletincillo con unas bolsas de suero, vitaminas y gasas que yo le había visto sacar para curar a la vaca de don Memo. La novia dormía en una colchoneta en el fondo. Cuando no hay medicinas ni comida, un aprendiz de enfermero se convierte en un doctor reconocido, una colchoneta un hotel de cinco estrellas y una vaca lechera es un paciente tan de primera clase como el presidente de la república.

La lluvia que se había detenido por un buen rato regresó y mis pies casi descalzos cubiertos por un par de zapatos tan llenos de huecos que apenas lograban proteger las plantas de mis pies se rehusaban a caminar de vuelta.

Como el dinero no servía para nada, tuve que ofrecerle darle mi abrigo y unas guayabas. A sabiendas que me iban a hacer mucha falta. Le rogué que nos apuráramos pero era yo el que ya no podía seguirle el paso a mitad de camino.

Ya había pasado mucho tiempo, y yo sabía que mi hijo no estaba bien. Cuando llegamos, estaba completamente pálido, bañado en sudor. El “doctor” no me dio una mirada de mucha confianza, no sé si porque no tenía idea de qué le pasaba o porque era algo muy malo. El caso es que me pidió algo de agua y cobijas. Yo me apuré a la acequia vecina, llené una olla vieja y le alcance todas las cobijas que teníamos. Luego a miles penas encendimos un fuego en el centro del precario refugio. El muchacho lo acurrucó y le preparó el suero, que era realmente lo único que tenía a la mano.

Luego vino el terremoto, uno como no lo había sentido en semanas. La casucha se tambaleó y pudimos ver de primera mano cómo lo que quedaba del muro del frente se derrumbaba y una grieta cruzaba el patio de lado a lado. Yo como podía cubría al enfermo, y sostenía una viga del techo que se mecía peligrosamente.

Sin darme cuenta cuando, el doctor había salido y corría despavorido hacia su casa gritando espantosamente. El chiquillo, entre delirante y asustado, se estremecía entre mis brazos. El movimiento no se detenía, era más largo que los anteriores y pensé que finalmente el mundo estaba por abrirse como una cascara de huevo. La vaca de don memo mugía sin cesar hasta que lanzó un mugido terrible y final. Yo agarré a mi hijo lo más fuerte que pude, cerré los ojos y esperé el final. Casi lo deseé. Y luego lo supliqué a todo lo que daba mi voz.

Pero se detuvo, y no solo el terremoto, sino la lluvia. A lo lejos en el potrero don Memo lloraba la suerte de la pobre vaca que había quedado sepultada por un paredón.

Y no tembló ni llovió torrencialmente de nuevo. En unos meses llegaron noticias de que la reconstrucción había empezado, y llegaron doctores, primero cada mes, luego todas las semanas. Cuando volvió el petróleo, volvieron los carros, pronto volvió la electricidad y las noticias llevaban dolor y esperanza casi sancochados en una misma olla de propaganda.

Yo que había suplicado que se terminara, no tenía razón para celebrar. Un minuto antes de que todo acabara, de entre mis dedos se escurrió en un pujido la vida del último ser humano por el que hubiera querido que no se acabara el mundo. Casi como si alguno de tantos dioses que poco a poco retomaban fama, se hubiera complacido en tomar a mi niño como sacrificio. A pesar de que, de haberme preguntado, habría aceptado gustoso que a cambio de él, nos fuéramos todos al infierno.

E.C.C

Venganza

Un cuento que escribí hace meses para el concurso de cuento corto de 89decibeles (con un honroso segundo lugar).

No pudo el viejo soportar la idea de su hijo convertido en un vago, era ridículo, un hijo suyo. Tanto dinero desperdiciado, tanto por hablar de la gente de sociedad. Era incapaz de verlo a la cara, mucho menos de dirigirle la palabra.
Eduardo había iniciado la carrera de ingeniería en una prestigiosa escuela extranjera, y su padre, otrora acaudalado y ahora apenas capaz de mantener la apariencia, por supuesto había financiado la mencionada aventura. Y ahora tocaba recibir al chico bajando del avión diciéndole que había decidido abandonar, y que quizás se uniría a una compañía de teatro.
El padre nunca se lo perdonó.
Él decidió dejar la casa de sus padres. Era imposible vivir entre tantos reclamos que aunque silenciosos y educados, no eran menos insoportables y punzantes. Partía hacia quien sabe donde con los ahorros de su madre en la bolsa quien lo despidió entre sollozos y caricias. El viejo y su sonrisa odiosa se volvieron al interior de la casa.
Eduardo vagabundeó de aquí para allá durante varios meses, saltando de apartamentos rentados a los sofás camas de sus pocos viejos amigos y sus aún menos nuevos amigos. Al parecer, en sociedad la rebelión y desenfreno son bien aceptados solo durante un tiempo y luego se vuelve al regazo acogedor del dinero para retomar el “estatus” social. Pero él no estaba dispuesto a volver, bajo ninguna circunstancia.
Poco tardó en darse cuenta de lo difícil que sería vivir solo, sin la alcahuetería de su madre y el subsidio económico de su padre. Y el sufrimiento de bolsillos vacíos y trabajos mediocres se extendió mas de lo esperado. Muchas veces estuvo a punto de volver. Pero resistió.

Al cumplir solo 12 años el pequeño Eduardo tenía más que planeada su escuela y colegio completos. Pasó los mejores años de su infancia bajo la rigurosa mirada de un tipo que bien hubiera hecho de militar, su padre. Y de una mujer cuyo concepto de maternidad era una bolsa de juguetes cada festividad cuidadosamente seleccionados por la gente de servicio de la casa.
La dura educación impartida por un grupo de religiosos abusivos, golpeadores e inflexibles con cualquier manifestación que dejara entrever un signo de individualidad terminó de curtir el resentimiento que albergó en su corazón durante los larguísimos años de infancia.
Cumplida la mayoría de edad estaba todo listo. Se había despegado del lado paterno, había causado una gran vergüenza a su familia, viviría por su cuenta y eso según él era la venganza perfecta. Pensando en esa venganza se complacía y gastaba horas imaginando la indignación de su padre.
Una carta tras otra de su madre le suplicaron regresar, pero no hubo respuesta. Sabía que el viejo era capaz de usar a su madre para hacer el trabajo sucio e intentar convencerlo de regresar. Pero no cedería, se sentía miserable del estilo de vida que llevaba, y que una vez despreció. Extrañaba la buena comida, la ropa y la compañía. Inclusive sentía que la pobreza le restaba atractivo físico. Estaba solo y miserable y solo lo consolaba ahora la imagen que había creado del padre más miserable y con un alma aún más podrida que la suya. Ahogado en odio.

Una tarde muy gris tocó a la puerta una viejita con la cabeza envuelta en un paño. Él le permitió pasar ante la petición de la anciana y el extraño sentimiento que le despertaba. Le avergonzó no notarla al instante: la anciana era su madre. Que en unos meses había ganado unos 20 años.
Se saludaron rápida e incómodamente como si se vieran todos los días. Ella lloró, el ya no podía.
__Su papá murió. – dijo la madre.
__¿Cuando?.- preguntó Eduardo, entre asustado y sorprendido.
__La semana pasada, no pudo recuperarse del tumor. Yo sé que se llevaban mal, pero, ¿Porque no respondió hijo? ¿Para tanto daba su rencor?
__ ¿Que tengo que ver yo en eso? Yo no lo maté mamá.
__Ahora entiendo ¿Usted no leyó las cartas? Él necesitaba un trasplante, y el único pariente disponible era usted hijo.

Eduardo lo lamentó por un segundo, pero fue el dolor natural de ser humano, la culpa. Sollozó un poco no como hijo sino casi por una cortesía social.
__Me voy, él le dejó esta nota. Adiós hijo. Espero que esta vida que escogió para castigar a su papá y a mí no lo castigue a usted. Léala cuando me halla ido.
Eduardo abrió la carta apenas hubo despedido a su madre en la puerta.
__“Hijo, lo quiero a pesar de todo, me di cuenta poco después de que se fue pero aquí tirado en esta cama no se lo pude decir. No tuve el valor además. Perdóneme por la vida que le dimos. No se sienta mal por no venir, yo lo perdono.”

En ese momento Eduardo estallo en llanto, esta vez un llanto profundo, sincero, salido del alma. Nunca creyó poder odiar a alguien tanto como odió a su padre en aquel momento. ¡Cómo se atrevía a pedirle perdón!¡Cómo se atrevía a a perdonarlo!

Ahora si no le quedaba nada, le habían robado su venganza.

Hormigas

Se sentaba en la cama a ver televisión, a la orilla de la ventana desde donde se podía ver el patio de atrás. Estaba viendo caricaturas como cualquier niño y algo distrajo su atención. Se asomó curiosamente pero no vio nada.

Un minuto más tarde, ahí estaba de nuevo. Era la misma luz que lo había despertado la noche anterior, solo que era ahora más intensa. Era una especie de esfera luminosa, algo lejana como una pequeña segunda luna que se divisaba al nivel del marco. El niño se levantó de la cama y la luz pareció seguirlo elevándose apenas un poco.

Asombrado, el infante movió la cabeza de lado a lado de la ventana y para su sorpresa la luz le siguió. Luego ésta se acerco y alejó rápidamente como invitándolo a salir.

El niño se abrigó rápidamente y salió por la ventana. Aún no era tarde, y no habían servido la comida.

La luz se veía lejana pero jugueteaba al mismo ritmo que el niño, que en un punto parecía hipnotizado. De pronto se dio cuenta que la luz ya no lo seguía, sino que lo guiaba. Era incapaz de despegar la mirada. Intentó retroceder en sus pasos. Pero horrorizado se dio cuenta de que ya no solo controlaba su mirada sino su cuerpo. Era un esclavo de aquella luz, que empezó a alejarse y a arrastrarlo con ella, trataba de luchar pero sus pies rastrillaban el suelo, se dirigía ineludiblemente donde aquel ente luminoso decidiera llevarlo. No podían brotar de sus ojos siquiera lágrimas, porque la luz no lo quería.

Intentó con todas sus fuerzas gritar, esperando que su mamá desde la cocina escuchara su grito y lo rescatara. Pero no se escuchó ni un sonido.

La luz continuaba alejándolo lentamente de su casa, y el niño se resignó tristemente a su destino, cualquiera que fuera.

__ Este será el fin – pensó – que triste perderme en esta luz sin haber llegado a crecer, solo por no quedarme en casa, quien sabe a que mundo extraño me arrastrará esta luz y nada puedo hacer al respecto. Quizá me destrocen como hago con las hormigas del patio para divertirme y nada pueden hacer ellas. Este puede ser mi castigo por hacer daño a las hormigas. Pero no puede ser, hay gente que hace cosas mucho peores y no escucha uno que una luz ande robando ladrones.

Es posible que me lleven a un lugar maravilloso, que esta luz sea algo bueno, sí, esta luz es como cuando mis amigos insisten en salir a jugar.

Se sintió tranquilo, empezó a soñar en las cosas increíbles que le mostraría su luz. ¡Cómo disfrutarían!. Viajaría por el espacio y conocería todos los planetas. O quizás las profundidades del mar.

Se sintió feliz de irse con aquella luz. Ya no luchaba, estaba entregado a su nueva suerte.

__Esperaré que me arrastre a mi nuevo hogar, todo será perfecto. Era como si esa frase se la dijera la luz, pero sin hablar. “Todo será perfecto”, seguía retumbando en su cabeza.

Ahora sus pensamientos se mezclaban con la doctrina de la luz y luchaban. Lo único que le quedaba era su mente, era lo único que la luz no controlaba.

“Todo será perfecto”, una y otra vez.

La luz acrecentaba su tamaño, se acercaba y abarcaba todo a su alrededor. Todo estaba consumado. Era imposible escapar. Ya le pertenecía y ni si siquiera había opuesto resistencia.

Entonces llegó el dolor. Un dolor familiar. Ni tan fuerte para hacerlo llorar ni tan leve para pasar inadvertido. Si, era el dolor que provocaban las picaduras de hormiga. Pero no veía las hormigas.

Las dos pequeñas picaduras que sintió en su brazo lograron sin embargo recordarle que debía escapar. Huir a toda costa de su captor. Ahí estaban sus hormigas, cubriendo la esfera luminosa, picándole y despertándole.

__A pesar de que fui muy malo con ellas salen en mi defensa. Que cruel he sido.

Lo embargó el remordimiento, y comenzó a llorar.

En ese momento calló en la cuenta, estaba llorando. Sentía las lágrimas en sus mejillas, la luz se hacía intermitente. Notó que no estaba en su patio sino en su habitación. Intento moverse y se levantó de un salto de la cama. Había dejado encendida la pequeña lámpara de mano que usaba para leer. Y a su lado el plato con un pedazo del queque que se estaba comiendo en la tarde se empezaba a llenar de hormigas de las que también estaba cubierto. Encendió la luz del cuarto y apagó la lámpara. Respiro profundo, se enjugó el llanto y empezó a sacudirse las hormigas cuidando de no matarlas, convencido de que no solo eran sus salvadoras aquella noche, sino de que eran unos animalitos dotados de gran nobleza y lealtad. .

Cerró la cortina y ya a salvo de visitantes luminosos y mundos desconocidos pensó en dejar en paz a las hormigas del patio.

__Ojalá todos pudiéramos ser tan buena gente como las hormigas.

Primicia, la maldita primicia.

"Corte no dio aval a actuación policial. Luis Paulino Mora aclaró ayer que la Corte Plena no ha avalado la actuación del OIJ y del Ministerio Público, como lo informó La Nación en la edición del miércoles anterior."
http://www.nacion.com/2010-04-16/Sucesos/FotoVideoDestacado/Sucesos2336319.aspx 
Ésta mini-nota de arriba la pueden buscar escondida en la columna de la derecha. Bien escondida para que nadie la encuentre y se de cuenta que lo que había publicado La Nación fue desmentido. Y esto es tema acabado pero ya me harte de tener que oír tanta cháchara acerca de la U y de "los vagos de la U", sin detenerse a leer la letra pequeña. 
Me opongo a la violencia, pero me opongo igual a herir en una opinión por opinar a la ligera, como el hecho de referirse a la Universidad de Costa Rica como "nido de ladrones".  
En la U, algunos grupos estudiantiles deben cuidarse y limpiarse de dirigentes nocivos que sirven en bandeja de plata los escándalos para preparar el festín mediático. No me importan los eternos detractores de la U que de cualquier manera encontrarán formas de atacar y ofender.   Pero debe cuidarse la sociedad costarricense de verse guiada por otros lideres igualmente nocivos, esos medios sedientos de primicia, de escándalo y de sangre, esos que quitan y ponen en el deporte, en la política y en la ley. Esos en los que la verdad ocupa un segundo y hasta un tercer lugar para dar paso a la novedad y cuyas planas están cargadas de intereses y fuerzas externas. 
Al final del día somos todos costarricenses, jurisdicciones aparte, de las que poco entiendo y por lo tanto me niego a emitir un juicio.